domingo, 1 de mayo de 2011

9.La victoria póstuma de Hitler

Empieza la campaña electoral en Catalunya. Los candidatos afilan sus lenguas y retocan maquillajes. Saltan a escena dándose golpes en el pecho dispuestos a pelear cada voto como si les fuera la victoria en ello. Les va, de hecho, y en ese momento en que la ciudadanía más predispuesta está a la política, los profesionales del tema hacen alarde de la más ruin hipocresía y muestran la cara cínica y voraz de un charlatán de feria con su sonrisa de galán de telenovela.
A estas alturas, y es de suponer que nada habrá cambiado durante toda la campaña, ellos lo tienen muy claro: la culpa de todo la tiene la crisis y la culpa de la crisis los inmigrantes. No es que lo digan así, tan llanamente, y claro está que para los que no gobiernan los culpables de todo son los que sí lo hacen. Pero a la crisis ya solo les falta darle forma humana, dibujarla como una especie de ama de llaves diabólica y convertirla en personaje de historieta que siembra el pánico allá donde va. Ahora la señora Crisis es quien despide a los trabajadores y trabajadoras, la señora Crisis es quien baja los salarios, la señora Crisis es quien recorta subsidios y prestaciones, la señora Crisis es quien quiebra empresas.
Esto de quitarse las culpas de encima y señalar con el dedo al de al lado suele dar buen resultado, y si el de al lado es más morenito que nosotros, más pobre y está más indefenso, mejor, y si encima habla raro es que nos lo ponen en bandeja. Empieza el baile de cifras, millón arriba millón abajo, las avalanchas. Que si los inmigrantes se llevan todos los subsidios y subvenciones, que si inundan los barrios de droga y delincuencia, que si convierten a nuestros hijos en analfabetos invadiendo las escuelas con sus pequeñas crías. Y claro, los cretinos que andan a paso de ganso asoman la cabeza, espoleados por el oportunismo y el nacionalismo racista de quienes implementan y promueven las políticas que recortan sueldos, subsidios y prestaciones, y deterioran los barrios, la sanidad y la educación.
¿Hacen falta argumentos realmente? ¿Debe la izquierda defender la idea de que un vecino nacido “español” debe tener más derechos que un vecino nacido “extranjero”? ¿O debemos defender la universalidad de los derechos humanos y sociales más allá de cualquier frontera nacional?
La declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano, nacida a la luz del fuego revolucionario y fundamento del proyecto ilustrado, entraña un serio peligro en un mundo organizado políticamente sobre la base del estado-nación. Cada estado-nación es el garante de los derechos de sus ciudadanos y solo de sus ciudadanos. El primer acto del exterminio de los judíos por los nazis en la medianoche del siglo XX fue la retirada de su ciudadanía. Convertidos en apátridas, ningún estado tenía ni el deber ni el derecho de defenderles de lo que se les venía encima.
En la actualidad hay al menos dos colectivos que se encuentran en una situación parecida: los palestinos en Israel, ironías del destino, y los inmigrantes sin papeles, cabezas de turco de un sistema cuyo nihilismo caníbal devora hasta los valores sobre los que dice sustentarse.
¿Y de qué estamos hablando al fin? ¿De que va realmente toda esta palabrería?
A quien sufre la degradación de su barrio y no se da cuenta de que el dinero público se lo llevan los bancos y las grandes empresas, a quien le bajan el sueldo y no ve que es su jefe el que se lo baja y su jefe el que le despide si se queja, a quien le preocupa la delincuencia y no culpa la miseria sino las mezquitas y al vecino de tez más oscura, a quien piensa que es un perjuicio para sus hijos la convivencia con lenguas y culturas diversas y no pide más recursos sino segregación, es porque al fin lo que le molesta, lo que le indigna de verdad es precisamente eso, tener que sentarse al lado de alguien de otro color. Ni siquiera es eso que ahora llaman xenofobia. Ni siquiera es miedo a la diferencia, ni ignorancia. Tampoco pánico y confusión hacia la transformación vertiginosa del mundo tal y como lo conocieron. Es simple y puro racismo, del de toda la vida, ese que empieza mal y termina peor, ese que nos hace sentir vergüenza de pertenecer al género humano.
Hablaba un superviviente del genocidio nazi, refiriéndose a la limpieza étnica en los Balcanes, de la “victoria póstuma de Hitler”. Solo hace falta encender la televisión, la radio o leer un periódico en un día cualquiera de campaña electoral. ¡Qué asco!
publicado en La hiedra del mes de diciembre de 2010

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