domingo, 1 de mayo de 2011

10.¿La última palabra?

En una tira cómica de prensa diaria, cuatro viñetas: la primera muestra un joven griego sujetando una pancarta en griego enfrentándose a un antidisturbios griego; la segunda viñeta, un joven francés sujetando una pancarta en francés y enfrentándose a un antidisturbios francés; la tercera viñeta, un joven inglés sujetando una pancarta en inglés enfrentándose a un antidisturbios inglés; la cuarta viñeta, un joven español con una risa despreocupada en el rostro, sujetando una pancarta en la que se lee: ¿HABÉIS VISTO LA ÚLTIMA TEMPORADA DE DEXTER?
Los humoristas gráficos, como siempre, dan cuenta de su lucidez. Y sin embargo, estamos convencidos del potencial que contiene una situación socialmente insostenible como la actual. Miramos hacia Europa, hacia Túnez y Egipto, y quisiéramos vernos a nosotros mismos a través de un espejo. Pero no es más que una ventana cerrada por donde entran retazos de una realidad lejana, y el eco de los pasos sobre el asfalto.
¿Dónde están los jóvenes del Estado español? Lo pregunto con la certeza de que las nuevas generaciones son y serán mucho mejores de lo que el imaginario colectivo hace pensar. El estado del bienestar se desmorona, la precariedad se extiende, y se acaba el tiempo de vivir gracias al apoyo familiar. Tal vez esta sea una de las causas de que la mía haya sido una generación perdida. Los nacidos en la década de los 70 hemos vivido la llegada de la democracia liberal sin recordar a penas el franquismo, hemos visto las consecuencias de las luchas de nuestros padres y madres pero no esas mismas luchas ni sus causas, y nos creímos que las cosas eran así, sin más. Tal vez seamos el eslabón perdido entre las nuevas generaciones y los viejos luchadores que mantuvieron viva la tradición militante en la medianoche del siglo y más allá. A nosotros nos cegó la luz del sol, sin darnos cuenta de que solo era una bombilla de cuarenta vatios. Ahora no falta el germen de la revuelta entre los más jóvenes, estoy convencido de ello, como lo estoy de que las condiciones materiales van a determinar la conciencia crítica en un mundo que ha entrado en un proceso degenerativo crónico.
En este momento, conviene hacer balance de la primera década del siglo XXI, una década que ha visto el movimiento de protesta más multitudinario de la historia. La izquierda organizada vivimos esos momentos con optimismo, como si fueran la confirmación de unas esperanzas postergadas demasiado tiempo. Pensamos que de ahí podía nacer una nueva izquierda, fortalecida y rejuvenecida. Pero pasó la ola, y esta nos dejó el gobierno que está llevando a cabo los más brutales ataques al estado del bienestar que hemos visto.
Tal vez sea hora ya de asumir un cierto fracaso, como forma de superar la desazón, como forma de encontrar nuevas fuerzas. Hoy por hoy, no hay ni una sola organización política, ni una sola organización sindical, ni un solo colectivo o plataforma que no haya fracasado. Ha fracasado el fraccionalismo de los grupitos y grupúsculos de la izquierda radical, ha fracasado el espontaneismo movimentista y la antipolítica posmoderna, ha fracasado la izquierda institucional, arrollada por la marea social-liberal, han fracasado las corrientes críticas, incapaces de nadar y guardar la ropa en esas aguas, y ha fracasado el aislamiento del sindicalismo alternativo. La consecuencia: un nuevo pacto social sobre las pensiones, ante la perplejidad de quienes, erróneamente, consideramos la huelga general del 29S un éxito sin paliativos. Las cosas van a ir a peor para la mayoría, y la mayoría vamos a seguir sin un referente político si no somos capaces de superarnos y de superar la situación.
¿Qué hacer entonces? Hay que ser consciente de la potencialidad del momento, de los aires de revuelta que soplan en algunos países, de lo antisocial de unas políticas que van a seguir implementándose si no lo evitamos, y sobre todo, hay que confiar en una juventud que no va a tener más remedio que luchar por lo que se está perdiendo ahora.
Juventud divino tesoro, dicen. Otros afirman que es una enfermedad que se cura con los años. Los hay que ven en los jóvenes pequeños monstruos adictos al consumo de productos alienantes. Pero muchos de los que señalan con el dedo a la juventud de hoy y airean la suya como ejemplo de gran aventura romántica de rebeldía y creatividad, se vendieron al mejor postor hace mucho tiempo.
Esta será tal vez mi última palabra. Última en esta revista, que termina una etapa y empieza otra. Quería hablar de la unidad de la izquierda, del reagrupamiento, pero me parece que poca cosa se puede decir ya que no se haya dicho. La urgencia y la necesidad, sobre todo. Hay gente que va a seguir movilizándose como hasta ahora, y va a haber gente que lo hará por primera vez. La rabia y la frustración ocuparán las primeras páginas de los periódicos como las ocupan hoy las revoluciones del pueblo árabe. Depende tanto de las viejas generaciones como de las nuevas, trabajar en serio para construir un referente político de transformación social, trabajar día a día, abiertamente y sin sectarismos absurdos, para cumplir lo que ya empieza a ser una labor histórica ineludible. Se hace camino al andar, dijo el poeta. Sigamos adelante.
publicado en La hiedra del mes de febrero de 2011

9.La victoria póstuma de Hitler

Empieza la campaña electoral en Catalunya. Los candidatos afilan sus lenguas y retocan maquillajes. Saltan a escena dándose golpes en el pecho dispuestos a pelear cada voto como si les fuera la victoria en ello. Les va, de hecho, y en ese momento en que la ciudadanía más predispuesta está a la política, los profesionales del tema hacen alarde de la más ruin hipocresía y muestran la cara cínica y voraz de un charlatán de feria con su sonrisa de galán de telenovela.
A estas alturas, y es de suponer que nada habrá cambiado durante toda la campaña, ellos lo tienen muy claro: la culpa de todo la tiene la crisis y la culpa de la crisis los inmigrantes. No es que lo digan así, tan llanamente, y claro está que para los que no gobiernan los culpables de todo son los que sí lo hacen. Pero a la crisis ya solo les falta darle forma humana, dibujarla como una especie de ama de llaves diabólica y convertirla en personaje de historieta que siembra el pánico allá donde va. Ahora la señora Crisis es quien despide a los trabajadores y trabajadoras, la señora Crisis es quien baja los salarios, la señora Crisis es quien recorta subsidios y prestaciones, la señora Crisis es quien quiebra empresas.
Esto de quitarse las culpas de encima y señalar con el dedo al de al lado suele dar buen resultado, y si el de al lado es más morenito que nosotros, más pobre y está más indefenso, mejor, y si encima habla raro es que nos lo ponen en bandeja. Empieza el baile de cifras, millón arriba millón abajo, las avalanchas. Que si los inmigrantes se llevan todos los subsidios y subvenciones, que si inundan los barrios de droga y delincuencia, que si convierten a nuestros hijos en analfabetos invadiendo las escuelas con sus pequeñas crías. Y claro, los cretinos que andan a paso de ganso asoman la cabeza, espoleados por el oportunismo y el nacionalismo racista de quienes implementan y promueven las políticas que recortan sueldos, subsidios y prestaciones, y deterioran los barrios, la sanidad y la educación.
¿Hacen falta argumentos realmente? ¿Debe la izquierda defender la idea de que un vecino nacido “español” debe tener más derechos que un vecino nacido “extranjero”? ¿O debemos defender la universalidad de los derechos humanos y sociales más allá de cualquier frontera nacional?
La declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano, nacida a la luz del fuego revolucionario y fundamento del proyecto ilustrado, entraña un serio peligro en un mundo organizado políticamente sobre la base del estado-nación. Cada estado-nación es el garante de los derechos de sus ciudadanos y solo de sus ciudadanos. El primer acto del exterminio de los judíos por los nazis en la medianoche del siglo XX fue la retirada de su ciudadanía. Convertidos en apátridas, ningún estado tenía ni el deber ni el derecho de defenderles de lo que se les venía encima.
En la actualidad hay al menos dos colectivos que se encuentran en una situación parecida: los palestinos en Israel, ironías del destino, y los inmigrantes sin papeles, cabezas de turco de un sistema cuyo nihilismo caníbal devora hasta los valores sobre los que dice sustentarse.
¿Y de qué estamos hablando al fin? ¿De que va realmente toda esta palabrería?
A quien sufre la degradación de su barrio y no se da cuenta de que el dinero público se lo llevan los bancos y las grandes empresas, a quien le bajan el sueldo y no ve que es su jefe el que se lo baja y su jefe el que le despide si se queja, a quien le preocupa la delincuencia y no culpa la miseria sino las mezquitas y al vecino de tez más oscura, a quien piensa que es un perjuicio para sus hijos la convivencia con lenguas y culturas diversas y no pide más recursos sino segregación, es porque al fin lo que le molesta, lo que le indigna de verdad es precisamente eso, tener que sentarse al lado de alguien de otro color. Ni siquiera es eso que ahora llaman xenofobia. Ni siquiera es miedo a la diferencia, ni ignorancia. Tampoco pánico y confusión hacia la transformación vertiginosa del mundo tal y como lo conocieron. Es simple y puro racismo, del de toda la vida, ese que empieza mal y termina peor, ese que nos hace sentir vergüenza de pertenecer al género humano.
Hablaba un superviviente del genocidio nazi, refiriéndose a la limpieza étnica en los Balcanes, de la “victoria póstuma de Hitler”. Solo hace falta encender la televisión, la radio o leer un periódico en un día cualquiera de campaña electoral. ¡Qué asco!
publicado en La hiedra del mes de diciembre de 2010

10.¿La última palabra?

En una tira cómica de prensa diaria, cuatro viñetas: la primera muestra un joven griego sujetando una pancarta en griego enfrentándose a un ...