miércoles, 13 de abril de 2011

04.Porqué me gustan los toros

“El toro es el animal más hermoso del mundo”, lo decía José Miguel Arroyo, Joselito, torero y ganadero madrileño, en su comparecencia ante parlamentarios catalanes a raíz de la Iniciativa Legislativa Popular que pretende erradicar por ley las corridas de toros en Catalunya. Y el toro, sin duda, el toro de lidia, es un animal hermoso. Yo prefiero el lobo. Visto de cerca, en el zoológico de Barcelona -ese “Guantánamo” para animales que sin embargo realiza una gran labor en la preservación de especies de la extinción, aun a costa de su libertad-, el lobo parece revelar fuertes contradicciones en la naturaleza. La ferocidad en sus colmillos y en sus ojos dejan entrever a veces cierta ternura, una mirada limpia y amistosa. En el lobo parece habitar la bestia y el animal de compañía, el errante solitario y autosuficiente, y el que necesita de la manada para sobrevivir.
Los zoológicos me resultan, a pesar de todo, deprimentes. He podido ver de cerca al lobo cautivo. Saberlo libre me llena de mayor satisfacción, de un sentimiento más profundo. Es tal vez la diferencia entre espectáculo y sabiduría, entre estética y ética.
Por eso me gustan los toros, pero no me gustan los toreros. No es que conozca a ninguno personalmente, ni tampoco entiendo ni sé nada sobre el tipo de individuos que devienen toreros. ¿De dónde salen? ¿Por qué se sienten atraídos por semejante actividad profesional? Inevitablemente no puedo más que relacionarlos con los programas y revistas del corazón, un espectáculo de bajo perfil cultural y ético, por decirlo de alguna manera, por donde circulan personajillos de dudosa calaña, entre descendientes de dictadores y vividores de todo tipo, apareándose entre sí, sin oficio pero con mucho beneficio gracias precisamente a convertir en espectáculo sus bajezas íntimas. De hecho, es lo más parecido a un documental de animales que se puede ver en televisión. Curiosamente, te encuentras personajes que aparecen en estos programas por ser famoso, que son famosos por aparecer en estos programas. Curiosa paradoja. Tomemos el caso de un famoso torero y su mujer. Pasados unos años, ella es la famosa y él su ex marido.
Mi problema con los toreros sin embargo, es que viven atrapados en una contradicción, pero no como la contradicción que habita en el lobo que es la contradicción que habita la naturaleza misma. La del torero es un tanto mas vulgar, y pone en evidencia la persistencia de valores arcaicos que deberían erradicarse de una sociedad moderna e ilustrada, o que pretende serlo. ¿Cómo se puede amar un animal, el más hermoso del mundo, y vivir de torturarlo y exterminarlo ante una multitud que encuentra placer en semejante acto?
Un día, un amigo que había asistido a una corrida de toros y que las defiende, me dijo que había sido “una experiencia estética”. Me quedé muy sorprendido. ¿Por qué lo dijo? Seguramente para justificar que se pueda considerar el toreo como un arte. Pero os imagináis un diálogo como este: “¿Que tal la película de ayer?”. “Fue una experiencia estética”. Absurdo, ¿verdad? Los defensores de las corridas de toros intentan reafirmarse y redefinirse, ante una sociedad y una ciudadanía cuyos valores se alejan cada vez más de los valores en que se fundamenta el espectáculo del toreo. Pero les falta, como dijo el filósofo José María Terricabras ante los mismos parlamentarios catalanes a quienes se dirigió Joselito, “un argumento ético fundamental. Hacer sufrir al toro por placer es totalmente reprobable”. ¿Qué importa que el placer sea estético y de esa forma alcance la categoría de arte? ¿A caso no nos tranquiliza, cuando vamos al cine, leer en los títulos de crédito el consabido texto “ningún animal ha sufrido maltratos en la realización de esta película”?
Cierto, torturar un animal es un comportamiento reprobable, falto de la ética más elemental, y no importa el contexto, el fin ni, en cierto modo las consecuencias. El toro sufre, sí, y este sufrimiento es importante, pero disfrutar de este sufrimiento rebaja nuestra humanidad. O mejor dicho, la devuelve a otros tiempos, tiempos regidos por otros valores: la pasión como sentimiento vinculado al dolor y a la muerte, la utilización de este sentimiento en la construcción de una identidad colectiva a través de una catarsis, la muerte como clímax, también un cierto concepto del honor, ligado a la sangre y a la violencia, y una visión del hombre y la virilidad que se refleja en la fuerza y la valentía. Estos valores, como arguye Esperanza Aguirre refiriéndose a los toros, perviven desde tiempo inmemorial. O sea, un tiempo del que no se tiene memoria. Un tiempo sin memoria. Visto lo visto, podría tratarse del siglo pasado, especialmente de los 40 años de franquismo. Un tiempo sin memoria en este país, por el esfuerzo de los sectores ideológicos y políticos que representa Aguirre. No es a eso a lo que se refiere la presidenta. Bien es cierto que cuando llegaron los primeros Brigadistas Internacionales en el 36, muchos de ellos con experiencia en el ejército e incluso en la guerra moderna, se encontraron con milicianos que se negaban a cavar trincheras porque, decían, un español no se esconde, un español lucha a pecho descubierto. Puede ser que estos valores arcaicos, que históricamente no son necesariamente ni de derechas ni de izquierdas, hayan sobrevivido en el Estado español más que en otros lugares. Ya va siendo hora de empezar a erradicarlos del todo.
publicado en La Hiedra del mes de mayo de 2010

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