miércoles, 13 de abril de 2011

06.El beso de Iker y Sara

El curso pasado se cerró con la victoria de la selección española de fútbol en el mundial de Sudáfrica. Una ola de fervor patriótico inundó las calles de pueblos y ciudades. Los balcones se llenaron de banderas, y los defensores de la patria única e indivisible teorizaron sobre el peso real y simbólico de la victoria. “Es una muestra de lo que la unidad puede lograr, ante aquellos que pregonan el nefasto y destructivo separatismo”, decían, mientras señalaban con el dedo a los ayuntamientos catalanes que no han homenajeado a sus héroes.
Se ha oído de todo, desde que el país había vuelto a nacer hasta que ganar el mundial representa el fin simbólico de la Transición. La correa de transmisión de estos mensajes rocambolescos fue, cómo no, el entramado mediático de esta cosa que se llama ‘España’. “Llamarle la Roja es de catetos”, me dijo alguien no muy de izquierdas. “Es España y punto”.
Se llegó a límites insospechados en el uso de medios de información supuestamente serios para la agitación nacional-patriótica. En el prestigioso programa de TVE Informe semanal, emitieron un reportaje sobre la victoria española trufado de expertos de toda índole, para demostrar que el mundial no lo había ganado un grupo de grandes jugadores con sus habilidades técnicas y mentales –jugadores que usan más la cabeza que los pies–, sino la ‘furia’ española de toda la vida: la del gol de Zarra; la de matones de patio de colegio, como el inefable jugador merengue Juanito; esa selección española que se clasificaba en el último partido metiéndole doce goles a Malta.
Los medios de comunicación, que ya empezaron a cantar la victoria española antes del mundial, han constituido una herramienta fundamental para teñir la realidad de rojo y amarillo, de orgullo y éxtasis, de un sentimentalismo que ha alejado a la gente de las cosas que le están ocurriendo en el comedor de su casa, en su puesto de trabajo, en su vida diaria. Los medios están para eso, al fin y al cabo. Así son las cosas, así se las hemos contado. Ergo, las cosas son como las contamos. No se moleste usted en fijarse en el contenido de su nevera, o en el tamaño de su nómina –si la tiene.
Sin embargo, me sorprendió algo en las afueras de Málaga: un edificio de pisos entre muchos edificios iguales. En uno de los balcones, rodeado de más balcones con banderas españolas colgando, una bandera republicana desafiaba al paisaje globalizado y uniforme. Bajo el trampantojo de la España unida y victoriosa, se esconde otra verdad.
La verdad es un arma poderosa. Terminada la final del mundial, el portero Iker Casillas besaba a su novia Sara Carbonero mientras ésta le entrevistaba, en un gesto espontáneo e irrefrenable. Fue un momento de verdad. Un momento de belleza, como la que contiene una obra de arte. Verdad abriéndose paso ante el torrente de espectáculo banal y simulacro zafio que es esa realidad pintada, pervertida en los medios de comunicación.
Tres mujeres que compartieron conmigo ese momento en el salón de casa se sintieron ofendidas. Decían que el acto de Casillas comprometía la imagen de su novia como periodista seria, y eso comprometía la imagen de cualquier profesional mujer. Pero, ¿por qué una mujer periodista deportiva debe estar obligada a dar una imagen de seriedad, si ningún periodista deportivo hombre la da realmente?
La verdad, como decía Gramsci, es revolucionaria. Por eso transgrede la imagen que nos hacemos, o nos hacen, de la realidad y provoca la alteración de los estados de ánimo. Por eso hubo una discusión sobre la situación de la mujer en ese momento.
Bajo las banderas ondeando al viento se esconde la verdad: recortes sociales, reforma laboral, una resolución del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya que pone en evidencia que en la España constitucional no se puede ser español y catalán, o simplemente catalán dentro de España. O se es español o nada –o independentista, claro–.
El marco constitucional ha muerto para aquéllos que se habían hecho las ilusiones de una ‘España plural’ posible. “Es España y punto”. Y si se gana el mundial, el cielo se tiñe de rojo y amarillo y no hace falta plantearse nada más. Poco tiempo después pude ver en una revista varias fotos de Sara Carbonero en bikini, con un texto alabando su figura. ¡Eso sí es periodismo serio...!
Las verdades están ahí para quien las quiere ver.
publicado en La Hiedra del mes de septiembre de 2010

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