Conozco el caso de un abogado, enriquecido gracias a una canción, algo así como aserejé... Trabajaba para los compositores y gestionó el pago de sus derechos de autor por parte de la editora. Solo con su comisión se retiró y abrió un restaurante.
Otro caso. Una cantante muy, muy famosa, en una feliz noche en Abu Dabi ingresa, por una sola actuación, tres millones de dólares. Menudo bolo.
Recuerdo al cineasta Elia Kazan, que delató a sus amigos y compañeros al Comité de Actividades Antiamericanas del senador Mac Carthy durante la famosa caza de brujas de Hollywood. Se justificó diciendo que defendía su familia y su medio de vida ante el miedo a las represalias. Orson Wells, cineasta de otro talante, respondía que no es lo mismo defender tu medio de vida y tu familia que tus mansiones y piscinas.
Todo esto son historias contadas y oídas, mitos urbanos, tal vez, pero configuran una imagen del artista de hoy en día ciertamente real, y muy alejada del genio que muere pobre y olvidado o del escritor de buhardilla, por poner dos ejemplos más bien románticos.
Por otro lado, los trabajadores de la cultura, individuos de los que se habla sin saber muy bien qué son, o quienes son, no ganan millones de dólares, y sin embargo se encuentran a veces arrollados por discursos que les colocan en el epicentro de una campaña política e ideológica, esa que criminaliza todo afán por convertir la cultura en algo vivo y palpitante. Quienes conciben la creatividad como un proceso vinculado al desarrollo social y humano son tachados de enemigos de la civilización: piratas, otra vez en nombre de las familias y el trabajo, cuando en realidad deberían decir mansiones y piscinas. En un epicentro no se está precisamente cómodo. Claro, hay que conservar los puestos de trabajo, los artistas deben poder vivir de su arte, pero que esta necesidad se utilice como moneda de cambio para justificar recortes de libertades fundamentales es harina de otro costal.
Resulta que los avances tecnológicos transforman el mercado. Resulta que el usuario puede conseguir prácticamente gratis el contenido de un CD que en la tienda vale alrededor de 20 euros. Pero cuidado, porque el coste de fábrica puede que no supere los 5, seguramente. ¿Dónde está aquí la piratería? De verdad que cuando aterrizó la Sinde en su ministerio y se habló de combatir la piratería, pensé que tal vez se referirían a esos productores de cine y televisión que dejan a sus trabajadores sin sueldo, les obligan a trabajar jornadas maratonianas y les esquilman las horas extra. Pero no.
Los piratas son aquellos que hacen aquello para lo que está inventada la tecnología. Lo que pasa es que la tecnología no está inventada, o al menos no es eso lo que determina su uso. La tecnología está comercializada, y no existe para el mundo hasta el momento que se pone a la venta. Su objetivo, su razón de ser, es enriquecer a quienes la fabrican y la distribuyen. Es la disociación total entre valor de uso y valor de cambio, o tal vez lo contrario, la integración del uno en el otro. Para que se produzca este fenómeno, hacen falta leyes que limiten la utilización de aquello que nos venden, más allá, leyes que nos obliguen a seguir pagando una y otra vez, y aún más, acciones legales para impedir que se eludan estas leyes.
Y al fin y al cabo, no se trata de la tecnología. ¿Para qué sirve la cultura? ¿De qué sirve la cultura? El conflicto entre quienes defienden la libertad de compartir contenidos culturales y quienes presionan para que se persigan estas prácticas va mucho más allá de la cuestión puramente económica. Entraña una fuerte contradicción, esencial, inherente al desarrollo del capitalismo en el siglo XXI, una contradicción que cristaliza en la expresión “propiedad intelectual”. Aquello que sale de nuestras cabezas se puede convertir también en una propiedad, en un medio de producción o en una mercancía, con la intervención siempre de un soporte material, claro. Es el colmo del progreso. Hasta lo espiritual puede ser tasado y convertido en oro. Ni los magos de la Edad Media podrían haber soñado con semejante piedra filosofal. El aura es pues una cuestión de precio, y la reproducibilidad técnica de la obra de arte es el mecanismo a través del cual se extiende la mercantilización de todo lo humano.
Menudo lío. Siempre pensé que la cultura debía servir para que el mundo fuera un lugar un poco mejor, o al menos que nos hiciera pensar sobre ello, imaginar, proyectarnos hacia una versión mejorada de nosotros mismos a partir de una puesta en común de experiencias humanas, expresadas a través de la forma, reveladas. Poner en común: compartir.
Qué lástima, compartir no es negocio. Comprar, se trata de comprar, en un mundo que moviliza sus recursos para defender mansiones y piscinas, y fortunas, y derechos que son en realidad dinero que pagamos nosotros, los de a pié, dinero como el derecho más fundamental, el que va primero por encima de cualquier otro. Así son las cosas. El arte se convierte en una imagen inversa de los valores que en realidad debería transmitir, y la cultura solo una, la del capitalismo tardío en un siglo XXI que empezó convulso. Comprar o compartir tal vez sea una nueva dicotomía, esencial para definirnos como seres humanos y para definir el mundo en el que queremos vivir.
publicado en La Hiedra del mes de marzo de 2010
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